Almería es la región de España que recibe mayor insolación y menor
índice de precipitaciones al año, y el Parque Natural de Cabo de Gata,
al que corresponde la fotografía, tiene un clima considerado
subdesértico. No esperaba ver imágenes como éstas, de pueblecitos de
pescadores encalados en blanco luchando con el cielo gris, pero la
verdad es que también supuso un alivio para sobrellevar mejor el calor.
El peñón que se ve en primer término recibe el nombre de un antiguo
caudillo berberisco, Mohamed Arráez, que llegó a esta zona, como otros
árabes y piratas, en busca de tesoros. Y el pequeño pueblecito, Isleta
del Moro. Gris, azul y blanco. Nada más, y nada menos.
Ya lo sabía. Me conozco un poco, y sabía que en cuanto estuviera de nuevo en casa me iba a resultar ligeramente anacrónico dejar aquí imágenes de las últimas semanas. Lo cierto es que no imaginaba que esta vez el cambio iba a ser tan brusco, pasando de sentir un sol doloroso sobre mi piel en la costa almeriense de Cabo de Gata a caminar de nuevo bajo el eterno cielo gris de esta tierra, envuelta además en lluvia y frío. No ha habido prácticamente intermedio: ropa ligerísima de verano y sol cegador, lluvias torrenciales en el camino de vuelta, y en seguida el calzado y la ropa de entretiempo para comenzar la rutina de nuevo.
La noche pasada no ha cesado de llover, y un poco después de amanecer, me montaba en mi coche para volver al trabajo. Lo he puesto en marcha, he sintonizado la radio, he
bajado la ventanilla para sentir la humedad y he atravesado la semidormida ciudad.
Un lago en una isla
eso es tu amor por mí,
y mi amor te rodea
como un inmenso mar
de silencios azules;
pero tienen también
tus grandezas ocultas.
Soy un niño de sal
sobre tu falda;
me sostienen tus prados
submarinos,
eres frondosa cumbre,
eminencia visible
de tu tierra profunda.
Me enriquecen los ríos,
y tu amor, ese lago
corazón de la isla,
es la fuente de todas
las líquidas comarcas.
Te haces querer. Te quiero.
Mira mis blancas olas.
'En las playas de todos los mundos, se reúnen los niños. El cielo infinito se encalma sobre sus cabezas; el agua, impaciente, se alborota. En las playas de todos los mundos, los niños se reúnen, gritando y bailando.
Hacen casitas de arena y juegan con las conchas vacías. Su barco es una hoja seca que botan, sonriendo, en la vasta profundidad. Los niños juegan en las playas de todos los mundos.
No saben nadar; no saben echar la red. Mientras el pescador de perlas se sumerge por ellas, y el mercader navega en sus navíos, los niños recogen piedritas y vuelven a tirarlas. Ni buscan tesoros ocultos, ni saben echar la red.
El mar se alza, en una carcajada, y brilla pálida la playa sonriente. Olas asesinas cantan a los niños baladas sin sentido, igual que una madre que meciera a su hijo en la cuna. El mar juega con los niños, y, pálida, luce la sonrisa de la playa.
En las playas de todos los mundos, se reúnen los niños. Rueda la tempestad por el cielo sin caminos, los barcos naufragan en el mar sin rutas, anda suelta la muerte, y los niños juegan. En las playas de todos los mundos, se reúnen, en una gran fiesta, todos los niños'.
Lo más hermoso, aquello
que no puede comprarse,
qué vale, frente a un copo de tu espuma,
si se sabe mirar,
frente a una pluma de tormenta, rota
sobre tu orilla, frente
a tus platas y azules,
metales y cristales,
si se los sabe oler, gustar, tocar, oír...
Qué vale nada lo que tú. Rebosa
la eternidad tu vaso,
llueve su vino sobre nuestra carne.
Una concha roída
por los gusanos de tu mar, un poco,
de cal, y bruma, y nácar,
puede hacernos llorar,
ensancha las fronteras
del alma, desmorona
los muros negros de la realidad.
Qué vale nada, todo,
lo que tú, playa mía,
lirio de arena, selva
de círculos de oro,
túnica ardiente, pálida campana,
palacio sumergido,
inolvidable...
La amistad añeja es buen puerto de refugio para la arribada, y es la que me ha conducido a escaparme hasta tierras valencianas.
Esta primera etapa ha transcurrido entre naranjales , palmeras y el infinito horizonte de un mar intensamente azul que me acompañó en los primeros días. El contraste con el paisaje del norte desde el que viajaba siempre me impresiona , y a medida que la costa se acerca la campiña se abre, se extiende a un lado y otro, hasta mostrar el mar. Recuerdo la primera vez que visité Valencia capital, hace pocos años, y la impresión que me produjo ver la siluetas de algunos edificios prácticamente a pie de mar, y éste, casi dispuesto a sobrepasar el nivel de la carretera de la costa. Me parecía un milagro que no se derramase de un momento a otro y anegase la extensa vega que conducía a la ciudad. Estaba más familiarizada con los acantilados del Cantábrico, y con un mar que parece más distante y bravo. Pero mis visitas a la ciudad de Valencia han sido siempre muy rápidas, y sólo me han permitido dibujar un rápido boceto de este enclave abierto al Mediterráneo y cuna de una cultura mercantil muy alejada de la del lugar en el que vivo.
Con todo, soy una romántica empedernida, y he procurado no dejar de visitar un lugar que me fascinó la primera vez que lo conocí, y que hoy aún admiro más.
No en vano fue declarada Patrimonio de la Humanidad en 1996, y afortunadamente existe toda la información disponible en la red para comprender mejor el profundo significado de la existencia de esta maravilla del gótico civil, que recibe el nombre de Lonja de la Seda ó Lonja de los Mercaderes. Yo sólo dejo constancia aquí de un pequeño boceto dibujado entre palmeras, silencio , respeto y admiración hacia la cultura mediterránea, siempre abierta, siempre cálida.
En esta Sala de Contratación y a una altura de 11,20 metros, corre una inscripción latina con caracteres góticos, pintada en oro sobre fondo oscuro y que dice así:
Inclita domus sum, annis aedificate quindecim gustate et videte concives quoniam bona est negociacio que non agit dolum in lingua quae iurat proximo et non decepit quae pecuniam non dedit ad usuram eius mercatores sic de gens diviciis redundabit et tandem vita fruetur eterna.
cuya traducción podría ser :
Casa famosa soy, en quince años construida. Compatricios, comprobad y ved qué bueno es el comercio que no lleva el fraude en la palabra, que jura al prójimo y no le falta, que no da su dinero con usura. El mercader que así haga rebosará de riquezas y después gozará de la vida eterna.
De vuelta en un Norte frío y lluvioso doy fe del color esmeralda que encontré en estos últimos días. Todo sucede con mucha rapidez, y hoy casi me parece mentira que hace unos días estuviera al pie de este mar, disfrutando de los vientos de poniente y d e levante y de sus aguas cristalinas. También he conocido, contra pronóstico, tremendas tormentas y cielos prácticamente negros, lleno de nubes amenazadoras. Incluso eso sucedía con rapidez, en el transcurso del mismo día, pero ha sido un placer tener la oportunidad de vivirlo, y recordarlo después.
Aún no quiero entrar en el otoño. Seguiré paladeando algunas imágenes de luz y mar.
Finalmente no he podido visitar la exposición de Sorolla en Madrid, ya que las entradas se agotaron antes de que pudiera organizar mi visita. Me entristece un poco no haber podido volver a admirar algunos de los cuadros de este gran pintor que perseveró en su búsqueda de la luz y consiguió dar forma a su pasión y ser reconocido y admirado por ello. Pero afortunadamente, en estos próximos días podré disfrutar de la luz mediterránea que tanto me impresionó y que él reflejó magistralmente en su obra. Tengo la oportunidad de comprobar de nuevo, a través de mi propia mirada, cómo luce en estos días de septiembre, fuera del bullicio vacacional de otros, el Mare Nostrum y parte de la costa mediterránea, y no la voy a desaprovechar.
Hace unos días, dando una vuelta por esta maravilla saciadora de curiosidad que supone la red, ‘la internet’, encontré esta imagen. Al margen de mi - creo que evidente- pasión por redescubrir Cantabria, y Santander, la imagen me subyugó. Me fascina todo lo que veo en ella, todas las referencias a un tiempo pasado lleno de romanticismo para los que no lo vivimos en su momento y sólo lo miramos a través del cristal del nuestro, de nuestro tiempo, como espectadores cómodamente sentados en la butaca de una sala de cine .Pero he de confesar que me hizo recordar también una de las desilusiones más importantes de mi vida cuando era una niña.
No lo recuerdo exactamente, pero supongo que tenía 14 ó 15 años. El invierno anterior había escuchado en Pamplona, en pleno boom de su descubrimiento mundial, a Paco de Lucía. Era entonces estudiante de guitarra, y fué tal la emoción que me produjo escucharle en directo, que recuerdo perfectamente cómo llegué a mi casa aquella noche y me puse a practicar sobre mi guitarra como si se me fuera a escapar el mundo de las manos, como una loca. El famosísimo ‘Entre dos aguas’ no dejó de sonar en el tocadiscos de casa en meses. Aún conservo el vinilo.
Bien. Llegó el verano, y Paco de Lucía iba a actuar en Santander, en la Plaza Porticada. Tuve la suerte de que mis padres en aquel momento tuvieran la feliz idea de llevarme a escucharle, algo excepcional, ya que el único miembro de la familia tan locamente aficionada a la música era yo, y lo cierto es que en esa época y en nuestra familia, con cuatro hijos, las ‘actividades extraescolares’ eran sencillas y, desde luego, colectivas. Ir a la playa,hacer excursiones por la provincia, etc, eran lo habitual, pero asistir a un concierto, y de noche, suponía un premio especial, muy especial. Así que yo no podía dormir de la emoción. Verano, Santander, la Porticada, y escuchar a mi ídolo en aquel momento. Un puntazo.
Llevábamos unos minutos sentados en nuestras localidades cuando se empezó a oír un leve murmullo. La tarde se había cubierto de nubes amenazadoras, pero la temperatura era excepcional, y el ambiente en el lugar, perfecto!. Poco a poco, el murmullo fué creciendo, al mismo tiempo que surgía un sonido parecido al de las primeras gotas de lluvia sobre un tejado. ¿Imaginación? No, realidad. En seguida el sonido de la lluvia sobre el tejado provisional que cubría la Plaza Porticada fue insoportable, y empezamos a intuir que era el principio de una gran tormenta. A los 20 minutos, la megafonía anunció la suspensión del concierto por causas mayores, y después de una especie de ‘ohhhhh’, lamento colectivo de decepción, todos comenzamos a abandonar el lugar a toda prisa. Efectivamente, esa noche cayó sobre Santander tal cantidad de agua que se inundaron varias d e las calles principales.Algo así como 'la madre de todas las tormentas', sin exagerar. Llegamos hasta nuestro coche empapados hasta los huesos, y lo encontramos semiinundado por un torrente de agua. Afortunadamente, el robusto Renault 12 funcionó y volvimos a casa. Recuerdo las sandalias blancas veraniegas que llevaba prácticamente deshechas por el agua, la ropa empapada, el triste camino de regreso sin haber podido escuchar una sola nota de su guitarra, ni haberle visto ( añado que además me parecía el hombre más guapo del mundo). Fue una gran desilusión, que, a pesar de los años que han transcurrido, no olvido.
En fin, este torrente de confidencias y recuerdos personales se ha desbordado por culpa de esta foto...y mi memoria selectiva.
Que no se repita.
Lo de la lluvia.
:)
A lo largo de mi vida docente musical he pasado por multitud de etapas, desde las iniciales ( como alumna) en las que la teoría y los sistemas de enseñanza tradicionales encorsetaban la práctica musical, hasta otras más tardías, en las que conocí otros “métodos” de educación musical de diferentes pedagogos tanto europeos como americanos. Gracias a esta voluntariosa ‘ampliación’ en mi formación, disfruté de una visión de la ejecución musical mucho más placentera y menos rígida, que trasladaba posteriormente, en la medida de lo posible, a mis alumnos más jóvenes.
Una de la herramientas más efectivas, sencillas y divertidas para ‘jugar’ musicalmente, sin necesidad de conocimientos previos, es el uso de la escala pentatónica. Como su nombre indica, tiene sólo cinco sonidos , y entre ellos, la distancia mínima es de un tono, lo cual crea inmediatamente una sensación de distensión y relajación ( el semitono - medio tono- genera el efecto contrario), y brinda posibilidades inmediatas para la improvisación musical, sin tensiones armónicas.
Estas explicaciones vienen a cuento de este video de Bobby MacFerrin que he encontrado hoy por azar. Me ha encandilado, y me parece que merece la pena compartir esos tres minutos en los que, de manera informal, explica al público de un congreso sobre Música y Neurología , de forma práctica, sin teoría, la escala pentatónica. En menos de un minuto consigue que el público cante el bajo completando la escala mientras él improvisa una pequeña melodía .
Pero lo mejor es ver el video….y se comprenderá mejor que leyendo sólo mis explicaciones. Eso es seguro, lo garantizo. Ya me contaréis :)
Yo había llegado exhausta y sofocada después de muchos días seguidos de calor asfixiante en mi ciudad, y encontrarme en ese momento envuelta en la brisa templada de Playa Merón suponía para mí un premio importante. No podía concentrarme y hacer fotos, sólo miraba, y miraba, y miraba sin cesar a mi alrededor, a izquierda y derecha, en la playa semivacía a última hora de la tarde. Pero él estaba conociendo por primera vez, lejos de su mar, el color de este cantábrico en un atardecer de verano, y permanecía en silencio observando los tonos que surgían en la arena cada vez que las olas se retiraban de la orilla. Estoy segura de que se llevará a su hogar parte de la belleza de esta tierra dulce, envolvente, melancólica muchas veces, que acuna a sus habitantes entre la brisa cargada de mar y los suaves y verdes prados que llegan hasta él, sin solución de continuidad. Estaré atenta a la galería de mi querido amigo José Carlos Ñíguez. Seguro que nos sorprenderá su mirada a nuestro cantábrico.
Me ha impresionado esta imagen que acabo de ver en El País de Atenas cercada por el fuego. He visitado en dos ocasiones la ciudad en plena canícula y jamás he olvidado la tremenda sensación de ahogo que se siente allí cuando la altas temperaturas la invaden. Tanto desde la colina de Licabeto, como desde la colina de Filopappos se puede apreciar la vastísima extensión de la ciudad así como la Acrópolis, sobresaliendo como una auténtica joya . Pero esta noche , la Acrópolis está siendo vigía testigo de un auténtico infierno de fuego.
Pauline Diasonama, vendedora de flores artificales en Ngiri ngiri. Corista de la Orquesta Sinfónica de Kinshasa, ' le seul orchestre symphonique noir de toute l’Afrique...'
Hoy he tenido la suerte de encontrar esta preciosidad en un paseo matutino. Justamente ayer hablaba de los campos secos que nos rodean, pero la zona norte de Navarra se mantiene aún verde y los caminos están repletos de florecillas silvestres. Afortunadamente la he visto en el único momento del día en el que se podía pasear, justo después de una gotas de lluvia que parecían haber refrescado el ambiente. Después ha vuelto a salir el sol,y ha sido imposible continuar. Sólo un prqueño respiro en este agobiante domingo de verano.
Actualización : gracias a Guguya está identificada. Es una Mariposa Pavo Real (Inachis Io). Gracias , Gugu .
Amaneceres radiantes, que traen hasta la ciudad los aromas del campo cercano en las primeras y frescas horas del día. Paisajes secos, agostados por el calor y la ausencia de lluvias . Y sobre todo, muchísimo calor en esta ciudad cercada por temperaturas que cumplen récords un día y otro. Así está transcurriendo este verano aquí, donde escribo.
Dice la tradición popular que a partir del día 20 las golondrinas empiezan a buscar tierras más cálidas para pasar el invierno. Yo prefiero pensar que tardarán aún bastante más tiempo en dejarnos, y mientras tanto, dejo correr el aire de la noche en la casa, y escucho una canción de amor que ‘no puede encontrar la manera de decir adiós’. Es Leonard Cohen , y una vieja canción. Otra noche más de cálido verano.
Este tema me acompañó muchas veces hace años, no tengo idea de por qué lo he recordado hoy ni de qué ha sido de Black, el 'chico guapo' que lo cantaba. Pero sigue siendo uno de mis favoritos de todos los tiempos, y le he hecho un huequecito en Onlymary. Es un buen fondo para esta noche de tórrido verano.