Ayer el día amaneció radiante, como ha venido sucediendo durante tantos días ya en este cálido y seco mes de febrero.
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La semana se me hace eterna entre el asfalto, y yo necesito la escapada, el paseo por el campo…
Y la tarde se llenó de luz para mí en este lugar, Haras de Ulzama.
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Largo paseo por los caminos bordeados de plátanos, caballos y yeguas en distintos cercados, un pequeño lago…
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Se podían distinguir perfectamente las cimas de los montes del norte (la más alta es el Sayoa), que deberían haber estado cubiertas de nieve en esta época del año.
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De repente, surgió corriendo, sólo, desde el fondo del camino que conduce al lago, el niño de una empleada, y nos avisó para que nos pusiéramos al otro lado de las vallas, porque iban a recoger a las yeguas para trasladarlas a los establos. A mí me pareció un duendecillo, vestido de amarillo, y con un ramo de flores de diente de león, que no soltaba de su mano…
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Y en un minuto, aquel lugar se transformó: las yeguas galopando, el niño jugando con su perro, los cuidadores corriendo de un lado a otro …
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Antes de que terminaran de entrar los animales
en los establos, él salió corriendo, y dijo que se iba a poner, como todas las tardes, a esperar a su mamá al borde del camino…Y yo seguía pensando que parecía el principio de un cuento…
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Y allí le dejamos.
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La noche se echó encima, pero aún pudimos ver dos aves posadas en los árboles desnudos.
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La luz se fue.
Espléndida tarde de sábado de invierno.
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